SUSANA


Susana esperaba. Sentada en el andén masticaba con rabia su mala suerte. Había corrido con todas sus fuerzas desde el aparcamiento de la estación pero solo le sirvió para ver partir el metro y con él sus esperanzas de llegar temprano. Despotricaba de puertas a dentro quién habría tenido la desfachatez de llamar metro a una conexión que, vale, se adentraba en las entrañas de la ciudad pero que por allí, a cielo abierto, solo pasaba cada treinta minutos.
El mal humor debía acelerar el tiempo ya que, sin darse cuenta, Susana vio como el andén se iba llenando de gente. De todas las edades – estudiantes que se dirigían al instituto o a la universidad, trabajadores de todas las categorías, mayores que a estas horas o iban al hospital o a encargarse de sus nietos – pero con un denominador común: no les interesaba el viaje ni los viajeros. El que no llevaba auriculares, leía un libro o consultaba el móvil o se echaba una cabezadita con la urgencia del que sabe que el sol saldrá pronto. Susana estaba segura de que podría morirse en el vagón y nadie se daría cuenta. Nunca le habían cedido el asiento y si algún día estaba más cansada de lo normal o se sentía fatigada es que ni la miraban, podía haber sido transparente.
Se bajó en Patraix, le gustaba más la avenida de Gaspar Aguilar y así el sol iba ganando su batalla diaria mientras ella hacía tiempo para que abrieran las puertas del cementerio. Hoy por culpa del retraso la noche solo era un recuerdo cuando salió a la calle. Debería acelerar el paso.
Pasó por la puerta del Hospital Peset y se dijo que era otro magnífico lugar para ser ignorada. Si rondabas por allí es que tenías suficientes problemas como para que te importaran excesivamente los demás.
Cuando llegó, las puertas del cementerio ya estaban abiertas. Fue paseando por entre tumbas y estatuas, nichos y panteones. Se sentía bien allí aunque el tibio sol no lograba ahuyentar el frío de su cuerpo. Nunca le gustó mucho la gente así que era otro buen lugar para pasar desapercibida; cada cual tenía suficiente con su dolor.
Paso a paso llegó a la avenida central y por ella hasta el extremo norte del cementerio. A lo lejos vio la comitiva y quizás si aceleraba el paso podría llegar antes de que percibieran su ausencia. Con horror comprobó que la comitiva se iba disgregando hacia la salida. Como en un bucle eterno de pesadilla había vuelto a llegar tarde a su propio y olvidado entierro.

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