AUSENCIA


Noto su ausencia. El asiento vacío la vuelve imborrable. Me sorprende el pensamiento, una ausencia un no ser que sin embargo no se puede borrar.
Todas esas mañana en que lo único que me interesaba del viaje era ver como en su cara se dibujaba una sonrisa que acompañaba a ese gesto tan suyo inclinando la cabeza a modo de saludo. Deseando buenos días y preguntando un ¿qué tal? sin mediar palabra, solo mirando.
La echo de menos. En la cola del primer tren de la mañana que además salía de mi estación, nuestra estación. Siempre ya sentada cuando yo ocupaba mi lugar. Le respondía al saludo de la misma forma, sin palabras. Sacaba mi libro y cada pocas líneas la observaba casi a escondidas, levantando mi vista por encima de las gafas. Iba sin pintar; unas veces leía y otras conversaba a través de su teléfono. En más de una ocasión me descubrí celoso mientras la veía con los ojos iluminados producto de esos mensajes intercambiados. ¿Una amiga, un amigo, algo más?
En realidad solo hablamos una vez. Fue en aquella mañana que ahora me parece tan lejana en que la reconocí a través del fuerte aguacero otoñal y me ofrecí para acercarla en coche a la estación. Al ver que era yo subió y tuvimos una breve charla.
No la he vuelto a ver desde entonces. Muchos la echarán de menos, quizás tanto como yo, dudo que más. Pero mi dolor es distinto. Soy el único que tiene la absoluta certeza de que ya no volverá.

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