DOBLES


Subo al metro sabiendo que no es mi tren. No me importa. El mío es el siguiente pero como el trayecto coincide un buen trecho lo hago a menudo. Bajo en dos, tres o cuatro paradas y siempre tengo la tonta sensación de que la espera se acorta.

Voy leyendo el libro y me apoyo al lado de la puerta ya que estaré poco tiempo allí.

Alzo la vista y la veo en el acordeón que separa los tramos del vagón. Mecánicamente vuelvo a la lectura pero en seguida la miro de nuevo. Algo llama mi atención de forma inconsciente, su mirada.

Está a unos metros pero no me ve, estoy seguro. Todos los viajeros le resultamos transparentes. Comienza a andar en mi dirección y al pasar a mi lado siento un escalofrío, las puertas se abren y salgo del tren. Mientras las puertas se cierran la veo dirigirse al final del convoy.

Tras unos instantes de desconcierto se impone la racionalidad y sigo leyendo el libro.

En unos minutos llega mi tren al que subo buscando, esta vez sí, un sitio al que sentarme. Lo hago y retomo la lectura. Levanto los ojos y la veo: la misma cara, el abrigo azul y el móvil rosa en su mano. Pero ahora puede ver y sonríe al pasar por mi lado.

La racionalidad me abandona. La vi seguir en el otro tren y ahora está en este. Una de las dos visiones no era real.

Hay otra posibilidad pero eriza mi pelo; era yo el que no era real en el otro tren.

2 comentarios:

Elizabeth dijo...

¡Muy interesante Carlos! ¡Enhorabuena!

Carlos López Piñol dijo...

Muchísimas gracias Elizabeth!

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