DECISIONES


No podía recordar la última vez que había tomado una decisión por sí mismo. No podía porque nunca la había tomado.

Hizo todo lo que se esperaba de él: estudió en el mismo colegio que su padre, jugó en el equipo de fútbol y llegó a ser delegado. Todo como su padre.

Si lo pensaba bien, ni su nombre era enteramente suyo. Hipólito, como su padre y su abuelo.

Con veinticuatro años iba camino de licenciarse en derecho e incorporarse al despacho familiar. No lo soportaba. Se imaginaba a sí mismo en unos años casado con Luisa la hija de los amigos de sus padres y esperando el nacimiento de su primer hijo para llamarle Hipólito.

No, se dijo en voz alta. Debo rebelarme y cuanto antes mejor. Había leído que sólo el primer no resultaba difícil de decir, que luego todo sería más fácil.

Todos los intentos que había hecho habían fracasado pero estaba decidido. A partir de ahora desobedecería todas las normas. Tenía que hacerlo y hacerlo ya.

Su decisión era tan firme que no le importó llevar la contraria a la señal. Hasta un trozo de metal quería marcarle la vida pero ya no era posible, había cambiado.

No tomó la curva a la derecha y mientras caía al abismo una tonta sonrisa iluminó su cara. El pensamiento era estúpido pero no quiso evitarlo: muero, sí, pero porque quiero.

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