PALABRAS


Echaba de menos la Estación del Norte. No podía recordar a que edad empezó a visitar la antigua estación ni las horas que pasó allí haciendo fotos, paseando entre los andenes, mezclándose con los viajeros, soñando mil historias: éste volvía a casa después de una larga ausencia, aquel estaba esperando al amor de su vida , ese grupo iniciaba un recorrido alrededor del mundo....

Pero no valía la pena pensar en ello. Una estación era siempre, aunque no fuera bonita, el origen de un camino y un camino siempre era el inicio de nuevas experiencias.
A la nueva estación del AVE le faltaba ese halo de misterio conseguido por el paso de miles de viajeros durante decenas de años pero seguía teniendo lo fundamental: vías, trenes, y multitud de encrucijadas.

Mientras cruzaba el vestíbulo hacia el control de equipajes me fijé en una pareja mayor. Iban cogidos de la mano y antes de darme cuenta ya les había asignado un papel. Ambos eran viudos y se habían conocido recogiendo a sus nietos en el colegio; el amor y la pasión se había apoderado de ellos cuando ya los creían extinguidos y sus familias no parecían entenderlo así que habían decidido regalarse una semana que les permitiera decidir su futuro.

Les cedí el paso en el escáner y la mujer me sonrío; se dirigían hacia otro tren así que lo más probable es que no volviéramos a vernos pero durante un instante nuestras vidas se habían cruzado. La multitud de intersecciones y variantes que se abrían a cada momento era el mayor atractivo de las estaciones.

Un cuarto de hora antes de que saliera el tren ya estaba sentado y con todo preparado: siempre que podía compraba asiento de ventana y ahora mismo apoyaba mi cabeza en el cristal. Tenía mi libro y la carpeta de trabajo ( siempre necesaria en en el viaje de ida) y los cascos ya me transmitían la voz de Maria Callas ¿por qué hoy habría escogido ópera?. Más por rutina que por esperanza iba dando un vistazo a los pasajeros que se dirigían por el andén para subir al tren. Sabía que Susana también viajaba a menudo a Madrid y siempre habíamos especulado con la posibilidad de encontrarnos.

Nos conocíamos de un club de lectura del facebook y manteníamos una fluida relación a través del correo. Por sus fotos de perfil estaba seguro de reconocerla aunque apenas nos habíamos visto un par de veces. Esa mezcla de conocimiento y desconocimiento siempre me producía una inquietud que no sabía calmar.

Estaba absorto en la revisión de unos informes cuando de repente, coincidiendo con una pausa en la música, pude oír una palabra que atrajo mi atención: “ Epitafio”. Una pareja hablaba en los asientos posteriores al mío sobre el libro que al parecer les había impresionado. Mi interés se debía a que hablaban del último libro que había leído con Susana y que nos había entusiasmado a los dos.

Disimuladamente miré hacia esos asientos pero sólo pude distinguir al chico. Era un joven de unos treinta años al que enseguida adjudiqué el papel de genio de las nuevas tecnologías, directivo de alguna de esas jóvenes empresas emergentes. A ella no pude verla y pensé que tenía que fijarme en la pareja cuando bajáramos del tren.

Al final del viaje me retrasé un poco al recoger mis papeles y cuando pude levantarme los asientos posteriores ya estaban vacíos. Intente descubrirlos en los andenes pero ya no fue posible así que me dirigí al bar que siempre visitaba: una magdalena de chocolate y un buen café me ayudarían a resistir las próximas horas.

Ya de vuelta volví a pensar en la pareja de la mañana. No era raro que coincidiéramos los viajeros de ambos trayectos compartiendo incluso el mismo vagón. Pero no hubo suerte. Incluso visité la cafetería del tren pero ni rastro del brillante directivo.

Tenía que enviar un correo a Susana y contárselo. Era una increíble casualidad que se tratara del mismo libro que acabábamos de leer.

Ya en casa al conectar el ordenador vi que tenía un mensaje de Susana. Otra casualidad aunque no era la primera vez en que al pensar enviarle un mensaje me encontraba con uno suyo. Le contestaría de inmediato para contarle lo sucedido.

“Hola Manu no te vas a creer lo que me ha pasado. Esta mañana salí para Madrid con un compañero informático y hemos estado hablando buena parte del viaje sobre Epitafio, ¿te imaginas? Él también acababa de leerlo y como a nosotros le había parecido magnífico. Te hubiera gustado participar en la conversación pero que sepas que le he invitado a unirse a nuestro grupo para poder seguir hablando de libros.
Un abrazo”

Esto del destino siempre tiene su guasa, pensé. Iba a contestarle que yo había estado sentado delante de ellos, que casi la había visto, incluso comencé un correo lleno de exclamaciones.
Pero no le di a enviar. Borré todo y le escribí otro hablando de nuevo sobre Epitafio y las ganas que tenía de que el nuevo lector se incorporara al grupo.

Aún no sé porqué lo hice pero ahora estoy más decidido que nunca a encontrar a Susana en el tren. Es cuestión de tiempo y quizás haya perdido la primera oportunidad pero estoy seguro que habrán más. Deberé cambiar mi estrategia, hago esfuerzos para recuperar su voz en mi memoria. He descubierto que la ausencia de su voz era el origen de mi desasosiego y ahora no puedo perder su recuerdo. En el próximo viaje podré mirar a los viajeros pero también podré, de vez en cuando, bajar el sonido de mi música, cerrar los ojos y escuchar las voces. Es cuestión de tiempo y ahora mi imaginación se entretiene buscando el título del nuevo libro que, esta vez sí, nos reunirá.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Bueno, bueno... de nuevo creando historias y como siempre envueltas con un halo repleto de incógnitas...y casualidades. Me gustan tus relatos. Creo que ya tienes un estilo propio...
Claro que con tanto viaje a Madrid...

Evaristo Romaguera dijo...

Estas historias tienen además un valor añadido: los libros, las lecturas compartidas, los clubes (no me acostumbro a esta palabra, con lo bien que quedaría clubs de lectura) ..

Carlos López Piñol dijo...

Es cierto tanto ir a Madrid hace inevitable hablar de viajes y trenes.
Evaristo me suena haber leído que clubs también está permitido. En todo caso es cierto. Yo estoy en un club de lectura del face en el que se habla de lecturas y escrituras, no de libros concretos, pero este sábado quedaremos unos pocos para hablar de La fiesta del chivo. Y de paso almorzaremos.

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