DESPERTAR

Me despierto empapado en sudor, agitado. Giro la cabeza para ver la hora en el despertador pero algo me impide su visión. Es posible que al dormirme dejara el libro encima. Qué raro.

Me incorporo levemente. En el sueño, en la pesadilla mejor dicho, me perseguían por las calles de una ciudad desconocida. Me gritaban algo que no podía entender porque no conocía el idioma; parecía ruso o de algún país eslavo. La sensación me resulta tan agobiante que decido levantarme.

Sentado en la cama, busco con mis pies las zapatillas, pero no soy capaz de encontrarlas. Es posible que ayer las olvidara en otro sitio pero ya son dos las cosas extrañas. Tropiezo al buscar la puerta del baño y ahora ya no puedo negar lo evidente. No estoy en mi casa. Un escalofrío recorre mi cuerpo. Intento conservar la calma razonando: no es posible, debo estar aún soñando, seguro que estoy a punto de despertarme. Pero cada vez respiro de forma más agitada. Intento dominar el pánico tranquilizando mi respiración.

Llego a lo que debe ser el salón y encuentro el interruptor de las luces en la pared, al lado de la puerta. Las enciendo y no me sorprende lo que veo. Nunca antes estuve en esta habitación. Cierta aprensión me impide mirar las fotos que hay diseminadas en algunas mesas y estantes. Pero no puedo evitar, nunca pude hacerlo, ojear los libros; y me arrepiento. Son los libros que podía haber en mi casa, los reconozco por las portadas, pero están escritos en un idioma que no es el mío; un idioma en el que no podría leerlos.

Estoy aturdido, sentado en un sillón con uno de esos libros en mis manos. No puede ser un sueño, nunca duran tanto ni son tan reales. El tiempo va pasando y no sé que hacer. Cada vez es mayor la tentación de ver las fotos pero me resisto. Un temor, que no sabría explicar, me previene: es posible que yo aparezca en ellas y que si las miro quede atrapado en esta casa que no quiero considerar mía.

El día empieza a clarear y una luz ilumina mi mente como un relámpago en mitad de una tormenta. Dejo el libro en su sitio, apago la luz y vuelvo a la cama donde ahora percibo una presencia que tampoco quiero ver. Me acuesto y cierro los ojos con fuerza ordenando a mi cuerpo que se duerma. Sé que es la única salida y que debe producirse antes de que el día se imponga a la noche. Debo volver a dormirme y confiar, qué difícil en estas circunstancias, que esta vez me despertaré en el lugar adecuado. No hay otra salida. Es mi única oportunidad. Cierro los ojos y un ligero bostezo me anuncia la suave llegada del sueño, me duermo, todo irá bien...

Suena el despertador.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Genial, como siempre.

Anónimo dijo...

Totalmente de acuerdo...un final inteligente que me ha vuelto a sorprender... Besitos desde Coruña.

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