CÍRCULOS

La tarea estaba clara: debíamos leer el cuento de J.D. Salinger Justo antes de la guerra con los esquimales (podéis leerlo en este enlace) una sola vez y luego escribir lo que se nos ocurriera.
Y esto es lo que se me ocurrió a mi:

Luis estaba pagando el periódico en la pequeña tienda de la Fnac cuando escuchó por megafonía que su tren estaba listo:Ave con destino Madrid Atocha que tiene su salida a las nueve horas y treinta minutos está estacionado en vía número dos. Recogió el cambio y pasó el control de equipajes dirigiéndose a su vagón. Apreciaba las ventajas del Ave pero añoraba el encanto de la Estación del Norte, uno de sus lugares favoritos en Valencia. Tenía tan automatizados sus viajes que apenas se dio cuenta cuando le ofrecieron los auriculares. Levantó la vista mientras decía eso deno gracias. Pudo ver una cara sonriente y unos ojos grises inundados de tristeza. Supo, gracias a una placa que llevaba en la camisa, que el ofrecimiento le había llegado de Sara Molina y una intensa melancolía se apoderó de él.

Sara había recorrido ya todos los vagones y se dirigió al armario en el que guardaban todos los accesorios del viaje. Apenas unas horas antes había tomado una de las decisiones más difíciles de su vida. Al salir de la casa supo con certeza que no volvería a cruzar aquel umbral. Todo lo necesario estaba en aquella maleta grande que dejó en la consigna de la estación. No tenía sentido darle una nueva oportunidad; solo alargaría el suplicio. Le costó reprimir las lágrimas y apoyó su frente en el cristal de la ventana. Los paisajes siempre le relajaban. Unos niños jugaban en un parque vigilados de cerca por sus madres. Echó de menos aquella época en que la toma de decisiones no condicionaba de tal forma tu vida.

¡ Miguelito deja eso! Miguelito prefería mil veces que le llamaran Miguel pero como su padre se llamaba también así pensó que eso no ocurriría nunca. Estaba con sus mejores amigos y aunque sudaban la gota gorda ninguno recibió autorización para deshacerse de sus jerseys. Ser pequeño era a veces un rollo pero poder jugar era divertido y además habían podido ver pasar un gran tren. Que chulo conducir algo así, pensó. También pasó por allí cerca un autobús blanco, rojo y grande. También debía ser divertido pero iba mucho más despacio.

Clara aún meditaba porqué hacía ese viaje en el Auto-res. Tras mucho pensarlo decidió que si el autobús le había llevado por primera vez a Madrid, era justo que le llevara esta que esperaba fuera la definitiva en lo que se refería a establecer su residencia. Eran evidentes las ventajas que Madrid le ofrecía en lo laboral; debería trabajar duro pero eso no le amilanaba. Después de saludar a los niños de un parque que le hacían señas se adormiló lo que acortó sustancialmente su percepción del viaje. Tras dejar las maletas en la habitación que había alquilado se dirigió al Paseo del Prado. Hoy quería pasear por el Botánico y visitar el Caixarum. Cuando guardaba su bolso en las taquillas del museo, se fijó en un hombre que recuperaba su mochila y salía con paso decidido.

Luis recogió su mochila y comprobó que tenía tiempo para llegar a la estación de Atocha. Estaba cerca pero no le gustaban las prisas de última hora. Mientras atravesaba el enorme vestíbulo ajardinado de la estación recordó a Sara, se le había quedado el nombre, y sin saber porqué tuvo la certeza de que ahora estaría ya mejor. Le tranquilizó y tomó otra decisión: desde hoy cogería siempre los auriculares. Ni siquiera abriría la caja para que pudieran reutilizarlos pero no quería que nadie, triste o contento, pudiera pensar que lo suyo era una descortesía.  

Sigo teniendo problemas con la elección del narrador.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ahora voy a leer el de Salinger y luego te digo, pero de todos modos me gustaría recuperar las historias de Luis, Clara y Sara ...Besitos

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