3.- EN EL HOSPITAL


Aparco el coche en Blasco Ibañez y de camino al hospital acabo de decidir la planificación del día: sesión clínica, revisión de los pacientes, preparar con el residente la sesión bibliográfica y por la tarde, ya en la guardia, buscar a Mariví, mi psiquiatra favorita, para ver si puedo actualizarme un poco en los trastornos de personalidad.
Durante la sesión clínica me sorprende mi rápida adaptación a esta nueva vida aunque en seguida caigo en la cuenta de que en realidad no es tan nueva. Es mi vida desde hace veinte años por más que me cueste asumirlo y conozco perfectamente a todos los miembros del servicio.
Ya en la sala lo primero que hago es comprobar como ha pasado la noche Manuel, el paciente que más me peocupa ahora mismo. Esta estable, consciente, colaborador y con ganas de irse a casa. Eso será lo mejor, aunque primero deberé hablar con María José, de hospitalización a domicilio, para ver si pueden hacerse cargo ellos.
Llega Raquel, la residente que estaba de guardia esta noche. Me quiere comentar los dos nuevos ingresos de esta noche, que por cierto me corresponderán a mi y nos vamos a la biblioteca.
Mientras me pasa las historias se sirve un café antes de contarme sus impresiones de los pacientes y por suerte eso me da el tiempo suficiente para prepararme. Leo las primeras líneas mientras ella está de espaldas sirviéndose el café y así no tengo que explicarle mi cara: “ Varón de 50 años que sobre las 20 horas, mientras conducía el Ave Madrid- Valencia sufre brusco episodio de desorientación...”
Respiro hondo y creo que el haber estado todo el día meditando sobre lo ocurrido me permite, una vez superada la primera impresión, asumirlo con rapidez.
Cuando Raquel comienza su exposición es el doctor Martínez, al cien por cien, el que escucha
              - … verdaderamente interesante. Varón de cincuenta años que ayer mientras conducía el Ave empieza a encontrarse mal, con cefalea intensa seguida seguida de un cuadro confusional. Afortunadamente el tren llevaba un segundo conductor y nada más llegar a Valencia nos lo traen. Estaba consciente, orientado y colaborador aunque la cefalea intensa persistía. Le pusimos una vía y tras comprobar las constantes lo pasé a observación con una analgesia moderada para no ocultar la posible sintomatología. Exploración por lo demás anodina, sin signos meníngeos ni de hipertensión craneal. Lo he ingresado para descartar alguna lesión isquémica o hemorrágica cerebral.
              - Me parece correcto todo, lo que me cuentas y lo que puedo leer. Tus sospechas me parecen adecuadas, así como las pruebas pedidas. Por cierto te felicito por la exploración y la anamnesis primaria. Además de lo que te cuente, es necesario revisar todo, tocar abdomen, auscultar corazón y pulmones, comprobar reflejos... Cuéntame del segundo ingreso y luego tú te vas a casa a descansar y yo me voy a verlos.
Son las diez de la mañana cuando entro en la habitación de Carlos. He podido tomarme un café a solas que me ha permitido prepararme para lo que voy a ver. No creo que mucha gente tenga la oportunidad de verse desde fuera. Una última respiración y golpeo con los nudillos en la puerta.
              - Hola buenos días, Carlos. Mi nombre es Pedro Martínez y voy a ser su médico durante la estancia en el hospital.
Mientras le tiendo la mano puedo ver un gesto asustado en su cara que me parece absolutamente normal en alguien que, de repente, se ve ingresado en un hospital sin saber muy bien que es lo que le pasa. Le hago una nueva anamnesis y exploración que me permiten confirmar el buen trabajo de Raquel. Afortunadamente Alicia no está allí y lo agradezco. Prefiero ir asumiendo mi nueva condición poco a poco, a pequeños sorbos, y ver a los dos a la vez me hubiera resultado difícil.
De vuelta en la biblioteca voy escribiendo en la historia las últimas anotaciones junto al plan de actuación y la solicitud de todas las pruebas que necesito.
La guardia ha sido de lo más tranquila y he podido estar con Mariví, hablando de psiquiatría un par de horas. Se reía de mi renovado interés por su especialidad afirmando, entre risas, que acabaría descrubiendo el motivo. Yo también me río pero imaginando la cara que pondría. He de pensarlo aunque no hay duda, si tuviera que contárselo a alguien sería a ella.
Son las tres de la madrugada y al acabar mi turno me tumbo en la cama. Podré dormir cinco horas, más que suficiente para afrontar el día que me espera. Los ojos se me cierran de puro cansancio pero de repente recuerdo la cara de Carlos y el cansancio desaparece. Me incorporo sentándome en la cama y veo confirmada la sospecha que, sin querer admitirla, rondaba mi cabeza: el gesto de Carlos era de susto, sí, pero no por estar en un hospital. El susto se lo provoqué yo. Él era Pedro hasta el desvanecimiento de ayer.
Mañana sería otro día complicado.  

2 comentarios:

Mila Martínez dijo...

¡Ay, lo que le espera al doctor Martínez (mi primo, por lo que veo, je,je)! Perfecto, Carlos, (el otro, el mismo)sigue, sigue... Todos queremos saber más (creo que incluso tú...)

Anónimo dijo...

y, por supuesto, yo también... guiños a la realidad (Mª José, Manuel)o pura coincidencia... Ánimo y a trabajar.

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