PESADILLA

Abrí los ojos con la angustiosa sensación de falta de aire y me tranquilizó ver la lámpara de mi dormitorio.
Un instante después volví a cerrar los ojos  y estaba paseando por las calles de Madrid, en una mañana de invierno, en la que el sol iluminaba con claridad pero sin aportar ese calor al que tan acostumbrados estamos en Valencia.
Caminaba por las callejuelas cercanas a Sol y recordaba haber subido la cuesta de Atocha. Imaginé que salía de alguna reunión del ministerio y daba un paseo mientras se acercaba la hora de mi tren. Todo habitual, las calles, las tiendas, las tabernas.
De repente me detuve en una pequeña tienda de corbatas, y un extraño impulso me llevó a entrar. Qué raro, ¿qué hacía yo, que jamás había llevado corbata, entrando en esa tienda? El sueño había dejado de ser habitual.
La tienda era toda de madera y pequeños estantes contenían un sinfín de corbatas de todos los colores, formas y geometrías.
Una chica joven estaba sentada detrás de un pequeño mostrador atenta a la pantalla de su portátil. Cuando levantó la vista debió de notar mi confusión. Se acercó a mí con una sonrisa amable ofreciéndome su ayuda.
Me vi en la obligación de sincerarme
  – hola, muchas gracias; verás he de confesar que jamás he llevado una corbata y que lo último que esperaba hacer hoy era entrar en tu tienda, pero no sé, aquí estoy plantado sin saber muy bien que hacer.
Su sonrisa era ahora franca. Imaginé que me consideraría una especie de inútil, intentando entablar una conversación, por eso mi sorpresa fue mayúscula cuando me dijo que en su tienda eso pasaba con cierta frecuencia.
De verdad, no te imaginas las veces que he oído eso mismo; será la tienda, el barrio, la magia de estas maravillosas corbatas, no lo sé, quizás sea yo- a estas alturas su  sonrisa era ya irresistible.
Me quitas un peso de encima. No sé, explícame algo de corbatas. Te prometo que me llevaré una si tú me enseñas a hacer el nudo. No es broma. Nunca he llevado corbata
Y ahí estábamos los dos sonriendo mientras veíamos corbatas. Al final escogí, quién sabe por qué, una roja. Era una buena maestra, pues sólo necesitó unos  minutos para adiestrarme en su uso.
La envolvió en un precioso paquete que metí en mi mochila sin tener claro si iniciaba una nueva etapa en mi vida o me había dejado embaucar por una sonrisa. Me despedí con el compromiso de volver para contarle mis nuevas experiencias.
Debía apresurarme, pues la inesperada compra me había retrasado y no podía perder el tren. Comienzo a acelerar el paso y al poco tiempo vuelvo a notar esa falta de aire.
Abro los ojos y  mi boca al máximo para que mis pulmones reciban el preciado aire. ¿Estaba soñando? No. Esta mañana había estado en Madrid, recordaba tanto haber comprado la corbata como la perplejidad que me produjo.
Distingo claramente la lámpara y el techo de mi habitación pero sigue la falta de aire, me estoy ahogando. Llevo mis manos al cuello en un intento desesperado de llevar más aire a mis pulmones.
Pero algo lo atenaza, lo aprieta. Reconozco inmediatamente el tacto de mi nueva corbata.
El pánico se apodera de mí. A duras penas logro mantener el mínimo espacio para un hilo de aire  mientras ella no ceja en su empeño, estrechando más y más el cerco.
Está claro que yo tenía razón. No estoy hecho para las corbatas. Creo que ella lo ha notado, sabe que no hay futuro a mi lado. No debería culparla, está actuando en legítima defensa.
 De improviso, en mi último intento por tomar aire, noto que este penetra hasta el último rincón de mis pulmones. Me toco el cuello y nada lo aprisiona. Voy al baño a beber un poco de agua. Además de la garganta seca quiero comprobar que estoy realmente despierto y que no sigo dentro de un sueño, en el que sueño que sueño...
Con la mente y el cuerpo despejados tomo dos decisiones. Regalaré la corbata en la primera ocasión y no volveré a pedir chile para cenar.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Me ha hecho reír y eso es bueno... sigues sorprendiéndome y de verdad prometo no ofrecerte chile para cenar pero no prometo no regalarte jamás una corbata. Hablando en serio me ha gustado mucho. Un beso y hasta el próximo.

Northye dijo...

Qué ganas de estar en Madrid, paseando por las calles con el solecito invernal...
Eso sí, me va a dar miedo que abduzca una tienda como esa!Mantendré los ojos abiertos O.o!
Muy bueno :)

Anónimo dijo...

Soy muy breve: muy bueno. Lo tuyo no son las corbatas. Me gusta el final en el que nada te aprisiona el cuello.

Mila Martínez dijo...

Intrigante... Yo de tí continuaría explotando la historia, abriendo la caja de regalo para depositar la corbata de nuevo, justo a tiempo de encontrar ese mensaje oculto que te obliga a seguir por instinto nuevos pasos...

Carmonal dijo...

Me gusta, me ahogo y me recuerda mi tiempo en la sala de Neumo, el aire no pasa.
Besos, carlos.
Animo, me encanta leerte.

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