TODO EMPEZÓ HACE SEIS MESES


Todo empezó hace seis meses cuando alguien pronunció aquello de “Te tengo que contar algo que…”

Era un lunes y recuerdo que estaba sentado en el vagón del metro con la resaca del primer madrugón tras el fin de semana. Incapaz de leer, oía música con los auriculares de mi teléfono.

Con los ojos cerrados no me di cuenta de la pareja que se sentó a mi lado. Los entreabrí cuando oí lo que prometía ser el comienzo de una historia- no puedo evitarlo, siempre llama mi atención- pero volví a cerrarlos cuando continuó la frase: “... ayer me contó mi cuñada. Resulta que donde trabaja su hermano…”

De repente había perdido todo interés. Hermano de la cuñada. Sonaba lejano, sin interés. Decidí cerrar los ojos y seguir escuchando música.

No sé el tiempo que pasó pero de repente oí que nombraban mi empresa. Al parecer se estaba produciendo allí una bonita historia de amor. La protagonista era una becaria llamada Susana que acaba de empezar a trabajar. No la conocía bien, apenas había intercambiado algún saludo con ella, así que me dispuse a volver a mi música.

La casualidad quiso que en ese momento acabara la música que tenía seleccionada y mientras buscaba la siguiente lista no pude evitar oír lo que contaban del chico. Ella no sabía su nombre pero la descripción fue tan exhaustiva que mi teléfono cayó al suelo. Afortunadamente pensaron que mi expresión se debía al accidente con el teléfono y dejaron de prestarme atención en el acto para seguir con su historia.

Eso me permitió recobrar una mínima compostura. El teléfono se me fue de las manos porque estaban hablando de mí. Era imposible. ¿Cómo podía estar en plena historia de amor con Susana si sólo le había dado los buenos días? No acertaba con los botones del teléfono pero seguí escuchándola. Mi edad, el departamento en el que trabajaba, mi posición en la empresa. Era yo, no había duda, pero ¿cómo era posible? ¿sería una pesadilla?

Me encontraba tan aturdido que a punto estuve de interrumpirles para aclarar lo que, a buen seguro, era un enorme malentendido. Afortunadamente, antes de recuperarme y hablarles se levantaron y bajaron del tren.

Me quedaban un par de paradas para recuperarme y pensar en lo que había pasado. Mi cabeza se obstinaba en buscar la forma de explicarlo todo. Aquello debería tener algún sentido. Recuerdo incluso haber pensado que me reiría de mi aprensión cuando todo tuviera una explicación razonable. Porque debía tenerla. Eso no admitía discusión.

Era imposible que mis compañeros no notaran mi turbación. Muchas veces les hablé de mis depresiones dominicales, así que tenía la esperanza de que achacaran mi comportamiento a una suerte de reagudización de la depresión en una lluviosa mañana de lunes. Mi paranoia alcanzaba tal nivel que recuerdo la idea de que pudiesen relacionar mi estado con el de un recién enamorado presa de la fiebre y la incertidumbre de esos primeros días.

Creo que esa fue la gota que colmó el vaso. Una historia, irreal y confundida por una pasajera con la que coincidí esta mañana en el metro estaba afectando mi vida. Había que acabar con aquel tipo de cosas antes de que crecieran y tuvieran vida propia. Sólo había una solución. Hablaría con Susana, aclararía lo sucedido y nos tomaríamos un café riéndonos de los malentendidos que pueden llegar a producirse.

A media mañana encontré la excusa para dirigirme a su departamento. Le preguntaría sobre un expediente en el que ella participaba y luego, como quien no quiere la cosa, le contaría lo del metro y nos reiríamos al ver cómo todo se había confundido.

Al llegar a su despacho, que por lo que sabía compartían dos chicas y un chico, vi a una chica rubia que en ese momento estaba de espaldas consultando un libro de la estantería:

- Hola, buenos días ¿Susana?- no estaba seguro de que fuera ella-

Y entonces se volvió. Nos miramos y casi me ahogué en sus ojos. Pude salir de ellos, pero a duras penas y rendidamente enamorado. Creo que ni llegué a preguntarle sobre aquel expediente que a aquellas alturas no me importaba ya lo más mínimo. Por supuesto, nada le comenté de la conversación en el metro. Lo único que salió como había planeado, y aún no sé cómo, fue el tomarnos un café endulzado con su sonrisa.

Algunas veces parece que el universo entero conspira contra ti, pero otras, muy pocas, y que no todos pueden llegar a experimentar, lo hace a tu favor. Y en esos momentos, eres el hombre más afortunado del mundo. El más feliz.

Susana y yo descubrimos unas afinidades y unas complicidades que hicieron fluir nuestra relación. Viajes, lecturas compartidas, largos paseos hablando de todo y de nada, silencios…

Seis meses en que la felicidad era tal que me preguntaba cómo podía estar pasándome a mí y si no estaría provocando algún tipo de desequilibrio en el universo, alguna alteración en la constante búsqueda de equilibrio entre el ying y el yang.

Cuando en nuestros viajes despertaba abrazado a ella me sentía el hombre más feliz del planeta y sólo pensaba cómo sería empezar todos mis días siendo ella lo primero que vieran mis ojos. Quería compartir mi vida con ella y decidimos ir a vivir juntos

Pero justo cuando mi felicidad debería ser mayor, me despierto todas las mañanas con sudor frío bañando mi piel. ¿Y si nos equivocamos?

Estoy en la estación del metro. Llevo los auriculares conectados y suena la misma música aunque algo más bajita. Llega el tren y como estoy en las primeras paradas de su recorrido puedo elegir asiento. Es el mismo que aquella vez. Cierro mis ojos. ¿Dónde me llevará el viaje de hoy?

Oigo un leve ruido. Son ellos. Se han sentado enfrente de mí. Mi corazón necesita más espacio. Intuyo que están hablando de nosotros. Lo sé. Por el cariz que está tomando la conversación sé que en unos minutos todo se habrá aclarado. Quiero a Susana, quiero a Susana.

- ¿sabes cómo acabó aquella pareja que conoció el hermano de mi cuñada? No te lo vas a creer. Resulta que…

Estoy en el andén. He bajado del metro cuatro paradas antes de mi estación. No quiero conocer mi futuro. Si Susana tiene que dejarme prefiero que sea ella quien me lo diga. ¿Qué interés puede tener saberlo con antelación? Voy a disfrutar de nuestro amor lo que tenga que durar y haré lo imposible para que no tenga fin. Está decidido.

Voy andando al trabajo con una paz y felicidad que no sentía hace tiempo. Además me encuentro con Susana y puedo darle el primer beso del día.

Sólo debo tener cuidado con una cosa. A la pareja del metro la conozco y puedo evitarla, pero no tengo ni idea del aspecto de su cuñada ni de su hermano, así que deberé evitar con sumo cuidado las conversaciones ajenas.

- Susana, tienes razón en eso de que siempre oigo la música muy bajita. A partir de mañana subiré el volumen de mis auriculares.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Curioso final...una solución corriente a una historia mágica que el universo te regala para que la disfrutes... No sé cómo lo haces para
tener tiempo para tantas cosas...Un besito.

Anónimo dijo...

que bonito, yo tambien preferia no conocer el final y disfrutar del momento. gracias

Carmonal dijo...

No quiero saber el futuro me aterra.
Gracias por no hacerlo.
Me gusta tu estilo.
Besos, Carlos.

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