Un nuevo "juego". A partir de una serie de palabras creábamos unas frases y en cada una de ellas elegíamos dos palabras.
Al final nos quedábamos con dos pares de palabras ( binomios fantásticos), en mi caso lunes-ventana y distancia-inteligencia.
Jugamos con ellas, ya en casa, utilizando sólo preposiciones y al final debíamos elegir la que más nos gustara para que hiciera de disparador de nuestro escrito.
En mi caso el disparador surgió casi por sorpresa y se fue asentando en mi cabeza: Con inteligencia cabe distancia y a partir de ahí esto es lo que salió:
Y sentado aquí
mismo tuve la última revelación. No había sido una afirmación
sino una pregunta y sólo llegaría a la respuesta si mi distancia
era a la vez cero e infinito; los primeros minutos no me avergüenza
confesar que fuero de desasosiego hasta que di con la solución: me
quedaría sentado aquí mismo, a la orilla del arroyo junto a esos
helechos hasta que fuera uno de ellos. Inmóvil pude ir observando
como crecían mis raíces buscando el agua, como las hojas hermanas
iban cubriendo mi cuerpo, como los pájaros empezaban a posarse.
Apenas puedo ya mover los ojos pero me siento uno con la tierra, el
aire y el agua, cerca y lejos.
Al final nos quedábamos con dos pares de palabras ( binomios fantásticos), en mi caso lunes-ventana y distancia-inteligencia.
Jugamos con ellas, ya en casa, utilizando sólo preposiciones y al final debíamos elegir la que más nos gustara para que hiciera de disparador de nuestro escrito.
En mi caso el disparador surgió casi por sorpresa y se fue asentando en mi cabeza: Con inteligencia cabe distancia y a partir de ahí esto es lo que salió:
Con la
clarividencia que da la certeza de haber llegado al final de tus
horas me dispongo a realizar un repaso, siquiera somero, a los
avatares de la vida que me han llevado a esta situación.
Puedo afirmar, qué
importan ya los malentendidos, que mi verdadera existencia comenzó
cuando, hace ahora quince años, mi padre moría en mis brazos. Tras
una larga conversación cuyo contenido no desvelaré me dirigió sus
últimas palabras: “Con inteligencia cabe distancia”. El tono
apenas audible por el largo sufrimiento me hizo dudar si se trataba
de una pregunta o una afirmación. Sea el lector benévolo con quien
sufría en esos momentos la desaparición de su progenitor y, aunque
eso lo averigüé mucho después, el comienzo de una nueva vida.
La frase fue el
motor de mis nuevas inquietudes dedicándome en cuerpo y alma a
desentrañarla. Al principio lo tomé como una afirmación, no sabía
entonces lo equivocado que estaba, y me sumergí en la búsqueda del
conocimiento que me acercara lo más posible a la inteligencia pura
que me pareció hallar, más que en cualquier otro lugar, en la
rotundidad de las matemáticas.
Gracias a una
noche de insomnio que asocio a las complicaciones inherentes al
Teorema de Fermat pude caer en la cuenta, con esa otra clarividencia
que concede el cansancio cercano a la extenuación, de lo erróneo de
mis planteamientos. Iba en dirección contraria, no debía acortar la
distancia con la inteligencia sino aumentarla.
Con el mismo
empeño y la misma determinación dediqué ahora mi tiempo a desandar
todo el camino que me había llevado a ser considerado, efímera
vanidad, uno de los mejores matemáticos del país. Sólo una
inquebrantable fe, que atribuyo a la memoria de mi padre, evitó mi
desfallecimiento y la renuncia a mis planes. Entonces ya vivía yo en
un bosque, voluntariamente aislado de todo vestigio no sólo de
civilización, sino de humanidad.
Y sentado aquí
mismo tuve la última revelación. No había sido una afirmación
sino una pregunta y sólo llegaría a la respuesta si mi distancia
era a la vez cero e infinito; los primeros minutos no me avergüenza
confesar que fuero de desasosiego hasta que di con la solución: me
quedaría sentado aquí mismo, a la orilla del arroyo junto a esos
helechos hasta que fuera uno de ellos. Inmóvil pude ir observando
como crecían mis raíces buscando el agua, como las hojas hermanas
iban cubriendo mi cuerpo, como los pájaros empezaban a posarse.
Apenas puedo ya mover los ojos pero me siento uno con la tierra, el
aire y el agua, cerca y lejos.
Cierro los ojos
por última vez con la sensación del deber cumplido. Tengo la
respuesta a la pregunta que mi padre me hizo: ¿Con inteligencia cabe
distancia? Según.
1 comentarios:
Sin palabras, qué curioso ... yo me hubiera quedado en la segunda "opción" :aumentar la distancia con la inteligencia ....en fin vuelvo a leerlo... POR CIERTO FELIZ VIAJE!!!
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