Desde mi mesa puedo ver la tele que se
encuentra al fondo del bar. No llega el sonido pero las imágenes son
elocuentes: barcos de guerra americanos se dirigen hacia Cuba.
Kennedy, tan apreciado aquí desde que dijo aquello de “Yo soy
berlinés”, lo ha dejado claro: no admitirá misiles cerca de
tierra americana; suenan tambores de guerra, nada nuevo.
Abro la carpeta mientras compruebo, a
través de la ventana, que mis hombres siguen en sus puestos.
Veo las últimas fotos de Stefan, alias
Karla, conseguidas precisamente por los americanos: mirada
inquisidora, mentón desafiante y el gesto enérgico de un
superviviente. Diez años tras el máximo responsable del servicio
secreto de la RDA en Berlín; diez años de escaramuzas y batallas en
la distancia que pueden terminar en una hora.
Hubo un tiempo en que creí conocerle
bien pero es difícil conocer a las personas. Yo mismo me consideraba
un adalid de la justicia y he tenido que recurrir a un vil chantaje
para vencerle; nunca pensé que pudiera llegar a ese extremo. Miro
mis manos endurecidas y doy un nuevo sorbo al café.
Doy una última calada al cigarrillo en
el piso franco de la Avenida de los Tilos. Mi mundo se ha venido
abajo cuando descubrieron mi secreto. Han descubierto a mi hijo, al
que siempre quise alejar de este mundo. No tengo opción, prefiero
mil veces entregarme y cumplir la condena antes de ponerle en
peligro.
En una hora atravesaré el Check Point
Charlie para entregarme al servicio secreto de la República Federal.
Lo único en lo que me he mantenido firme: nunca me entregaré a
ingleses o americanos.
Klaus me ha vencido. Hemos jugado una
partida de ajedrez a lo largo de estos últimos años y no vi venir
el jaque. Recuerdo la infancia jugando al ajedrez con mi hermano;
mamá decía que honrábamos la memoria de nuestro padre muerto en el
frente ruso.
No tiene sentido alargar la pesadilla y
salgo a la fría noche recordando a Klaus: alto, con un andar
señorial que contradicen unas espaldas forjadas en el trabajo y unas
manos rocosas; ojos blandos que siempre confunden a sus adversarios y
una determinación preocupante.
Pago el café y me encamino al punto de
encuentro. A lo lejos, en tierra de nadie, adivino entre la cortina
de agua, la presencia de Stefan. Una llamarada de su inseparable
Zippo es el preludio de un nuevo cigarro que puedo percibir al ritmo
de sus caladas.
Su paso es firme y cuando traspasa la
barrera americana me acerco a él:
- Stefan Rost, queda usted detenido por actividades contrarias a la República Federal de Alemania. Por favor acompañe a estos hombres que le llevarán a un lugar seguro.
Aquí está Klaus. Estrecho su mano y
le entrego mi pistola, mi identificación militar y un pequeño
objeto. De camino al coche me giro y puedo verlo contemplando mi
regalo. Se que cumplirá su parte del trato.
- Klaus la vida de Jurgüen está en tus manos; dále un beso a mamá y dile que estoy bien.
Stefan se va en el coche con mis
hombres y vuelvo a mirar ese rey negro: hacía más de veinte años
que no lo veía. La victoria no es tan dulce como creía.
1 comentarios:
Bueno, bueno... ya veo que te has puesto las pilas y por cierto, muy bien puestas,,, A mí me ha gustado y espero que a los del taller también... Besitos
Publicar un comentario en la entrada