La tarea estaba clara: debíamos leer el cuento de J.D. Salinger Justo antes de la guerra con los esquimales (podéis leerlo en este enlace) una sola vez y luego escribir lo que se nos ocurriera.
Sara
había
recorrido
ya
todos
los
vagones
y
se
dirigió
al
armario
en
el
que
guardaban
todos
los
accesorios
del
viaje.
Apenas
unas
horas
antes
había
tomado
una
de
las
decisiones
más
difíciles
de
su
vida.
Al
salir
de
la
casa
supo
con
certeza
que
no
volvería
a
cruzar
aquel
umbral.
Todo
lo
necesario
estaba
en
aquella
maleta
grande
que
dejó
en
la
consigna
de
la
estación.
No
tenía
sentido
darle
una
nueva
oportunidad;
solo
alargaría
el
suplicio.
Le
costó
reprimir
las
lágrimas
y
apoyó
su
frente
en
el
cristal
de
la
ventana.
Los
paisajes
siempre
le
relajaban.
Unos
niños
jugaban
en
un
parque
vigilados
de
cerca
por
sus
madres.
Echó
de
menos
aquella
época
en
que
la
toma
de
decisiones
no
condicionaba
de
tal
forma
tu
vida.
Clara
aún
meditaba
porqué
hacía
ese
viaje
en
el
Auto-res.
Tras
mucho
pensarlo
decidió
que
si
el
autobús
le
había
llevado
por
primera
vez
a
Madrid,
era
justo
que
le
llevara
esta
que
esperaba
fuera
la
definitiva
en
lo
que
se
refería
a
establecer
su
residencia.
Eran
evidentes
las
ventajas
que
Madrid
le
ofrecía
en
lo
laboral;
debería
trabajar
duro
pero
eso
no le
amilanaba.
Después
de
saludar
a
los
niños
de
un
parque
que
le
hacían
señas
se
adormiló
lo
que
acortó
sustancialmente
su
percepción
del
viaje.
Tras
dejar
las
maletas
en
la
habitación
que
había
alquilado
se
dirigió
al
Paseo
del
Prado.
Hoy
quería
pasear
por
el
Botánico
y
visitar
el
Caixa
Fórum.
Cuando
guardaba
su
bolso
en
las
taquillas
del
museo,
se
fijó
en
un
hombre
que
recuperaba
su
mochila
y
salía
con
paso
decidido.
Y esto es lo que se me ocurrió a mi:
Luis
estaba
pagando
el
periódico
en
la
pequeña
tienda
de
la
Fnac
cuando
escuchó
por
megafonía
que
su
tren
estaba
listo:
“ Ave
con
destino
Madrid
Atocha
que
tiene
su
salida
a
las
nueve
horas
y
treinta
minutos
está
estacionado
en
vía
número
dos”.
Recogió
el
cambio
y
pasó
el
control
de
equipajes
dirigiéndose
a
su
vagón.
Apreciaba
las
ventajas
del
Ave
pero
añoraba
el
encanto
de
la
Estación
del
Norte,
uno
de
sus
lugares
favoritos
en
Valencia.
Tenía
tan
automatizados
sus
viajes
que
apenas
se
dio
cuenta
cuando
le
ofrecieron
los
auriculares.
Levantó
la
vista
mientras
decía
eso
de
“no
gracias”.
Pudo
ver
una
cara
sonriente
y
unos
ojos
grises
inundados de tristeza.
Supo, gracias a una placa que llevaba en la camisa, que el
ofrecimiento le había llegado de Sara Molina y una intensa
melancolía
se apoderó de él.
¡
Miguelito
deja
eso!
Miguelito
prefería
mil
veces
que
le
llamaran
Miguel
pero
como
su
padre
se
llamaba
también
así
pensó
que
eso
no
ocurriría
nunca.
Estaba
con
sus
mejores
amigos
y
aunque
sudaban
la
gota
gorda
ninguno
recibió
autorización
para
deshacerse
de
sus
jerseys.
Ser
pequeño
era
a
veces
un
rollo
pero
poder
jugar
era
divertido
y
además
habían
podido
ver
pasar
un
gran
tren.
Que
chulo
conducir
algo
así,
pensó.
También
pasó
por
allí
cerca
un
autobús
blanco,
rojo
y
grande.
También
debía
ser
divertido
pero
iba
mucho
más
despacio.
Clara
aún
meditaba
porqué
hacía
ese
viaje
en
el
Auto-res.
Tras
mucho
pensarlo
decidió
que
si
el
autobús
le
había
llevado
por
primera
vez
a
Madrid,
era
justo
que
le
llevara
esta
que
esperaba
fuera
la
definitiva
en
lo
que
se
refería
a
establecer
su
residencia.
Eran
evidentes
las
ventajas
que
Madrid
le
ofrecía
en
lo
laboral;
debería
trabajar
duro
pero
eso
no le
amilanaba.
Después
de
saludar
a
los
niños
de
un
parque
que
le
hacían
señas
se
adormiló
lo
que
acortó
sustancialmente
su
percepción
del
viaje.
Tras
dejar
las
maletas
en
la
habitación
que
había
alquilado
se
dirigió
al
Paseo
del
Prado.
Hoy
quería
pasear
por
el
Botánico
y
visitar
el
Caixa
Fórum.
Cuando
guardaba
su
bolso
en
las
taquillas
del
museo,
se
fijó
en
un
hombre
que
recuperaba
su
mochila
y
salía
con
paso
decidido.
Luis recogió su
mochila y comprobó que tenía tiempo para llegar a la estación de
Atocha. Estaba cerca pero no le gustaban las prisas de última hora.
Mientras atravesaba el enorme vestíbulo ajardinado de la estación
recordó a Sara, se le había quedado el nombre, y sin saber porqué
tuvo la certeza de que ahora estaría ya mejor. Le tranquilizó y
tomó otra decisión: desde hoy cogería siempre los auriculares. Ni
siquiera abriría la caja para que pudieran reutilizarlos pero no
quería que nadie, triste o contento, pudiera pensar que lo suyo era
una descortesía.
Sigo teniendo problemas con la elección del narrador.
1 comentarios:
Ahora voy a leer el de Salinger y luego te digo, pero de todos modos me gustaría recuperar las historias de Luis, Clara y Sara ...Besitos
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