¿Ser
o no
ser?
Menudo
dilema para
pasar a
la
historia:
celos,
venganza,
incesto,
corrupción,
poder... ya
se nota
que Hamlet
era un
príncipe.
Aquí
estoy yo
a mis
treinta
años con
más
preguntas,
dudas y
conflictos
que Hamlet
cuatrocientos
años
después;
eso sí,
quizás
algo más
mundanas.
“Ganarás
el pan
con el
sudor de
tu frente”,
nos decía
el padre
Montañana,
y vale,
hasta ahí
llego, pero
¿y todo
lo demás?
¿De dónde
saco
suficiente
sudor para
el coche,
la casa,
las
vacaciones,
los
móviles...?
Mejor
lo dejo.
Ya sé
que no
me conviene
agobiarme
pero no
puedo
evitarlo.
Todo era más fácil en el
colegio, el
padre te
explicaba
lo que
estaba bien
y lo
que estaba
mal y
salías de
allí
convencido
de saber
lo
suficiente
como para
enfrentarte
a la
vida:
menudo
idiota yo
que me
lo creí.
Qué
pronto
descubrí,
eso sí,
a base
de recibir
un golpe
tras otro,
que las
buenas
acciones
suelen
tener
alguna mala
consecuencia
y
viceversa.
No estaba
preparado
para eso.
Treinta
años, dos
carreras
universitarias
y un
postgrado y
sólo
ahora,
desde que
acepté
este
trabajo
puedo
pensar en
casarme con
Patricia,
irnos a
vivir a
una casa
en las
afueras y
tener
hijos. Esa
es la
parte
buena, sí,
pero el
trabajo
también
aporta
muchas
malas, y
no puedo
negar que
ya lo
sabía.
Entre ellas
el estar
aquí, una
fría
mañana de
abril, en
la Casa
de Campo
vestido
con un
rídiculo
chándal
mientras
apuro las
últimas
caladas del
ducados,
apoyado en
un banco.
Basta
ya de
quejas, ya
me decía
mi padre
que al
trabajo se
va llorado
y dejando
las
amarguras
en casa.
Joder, las ocho y
sigo aquí, a correr. No llevo ni cien metros y ya me falta el aire,
tendré que plantearme esto del tabaco. No
sé si
me podré
acostumbrar
a esta
anarquía de
horarios
que hacen
que el
trabajo
pueda
llegar en
cualquier
momento
pero para
los tiempos
que corren
no puedo
ni debo
quejarme.
Vaya, aquel
chándal es
aún más
llamativo
que el
mío. Se
acerca al
ritmo de
mis
pulsaciones
pero yo a
lo mio; por cierto, voy a sonreírle.
Con lo calentito
que se está en el coche y me vuelven los malditos dilemas ahora con
una pizca de remordimiento. A callar; faltaría más.
Aquí no hay
marcha atrás. Tomé una decisión y he de ser consecuente. Debo ser
un profesional. El primer encargo puede ser decisivo y no iba
empezar mi carrera racaneando así que al comprobar el objetivo -
¿por qué le sonreiría? - le metí tres tiros. Si es verdad lo que
dicen, a un buen asesino le basta con un par de faenas al mes para
poder retirarse a los cincuenta años, y si es por la de indeseables
que hay tengo trabajo para rato.
Estoy seguro que
si centro mi trabajo en los malos podré acallar mi conciencia y si
con eso no basta... bueno ya vale, cada cosa a su tiempo.
En
todos los
trabajos el
primer día
es decisivo
y creo
que he
cumplido.
Estoy
contento,
ahora ya
podré
formar una
familia.